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BICENTENARIO BATALLA DE VITORIA

Este fin de semana pasado, acudimos con la asociación Andia Kultur Elkartea a los actos organizados para recordar el Bicentenario de la Batalla de Vitoria.
Enmarcada dentro de la denominada Guerra de la Independencia (1808-1814) desde la óptica española, Peninsular War desde la británica o Guerre d'Espagne para los franceses, los vascos la conocemos como Frantsesada, aunque el término en plural también incluiría la previa Guerra de la Convención (1793-1795) y la posterior de los Cien Mil Hijos de San Luis (1823).
En cualquier caso, también fue una Guerra Civil, como las que luego le sucederían a lo largo del siglo XIX entre dos concepciones o modos de ver el mundo: aquéllos que abogaban por continuar con el status quo establecido y aquellos otros que buscaban una sociedad más justa y progresista en el mejor sentido de la palabra y que vieron en los franceses una oportunidad de aplicar algunas de las ideas que la Ilustración había ido madurando a lo largo del XVIII y que entre nosotros habían chocado con la todavía enorme influencia que la Iglesia ejercía sobre los individuos y con el reinado de un Carlos IV enrocado y asustado por los acontecimientos y que da un paso atrás en cuanto a las reformas emprendidas por su padre, Carlos III.
Aunque la Historia que nos enseñaron en el colegio nos hablaba de invasores intrusos y de bravos guerrilleros de raza, hay detrás otra historia de personas que creyeron en la Libertad con mayúsculas y en los ideales de la Revolución Francesa. Baste señalar que en la propia batalla de Vitoria, participaron unos 2000 soldados españoles formando parte del ejército imperial.
De todas formas y como en todas las guerras, la mayoría de la población era ajena a unos y otros contendientes y sólo luchaba por sobrevivir a las penurias y enfermedades que el conflicto trajo.
Vitoria es uno de los últimos episodios de la mencionada guerra en territorio peninsular, y se libró entre las tropas francesas que escoltaban a José Bonaparte en su huida hacia Francia, por cierto, acompañado de su amante, la Marquesa de Montehermoso, que vuelve a Vitoria a reencontrase con él y las tropas aliadas formadas por los ejércitos español, británico y portugués, al mando de Sir Arthur Wellesley, futuro Duque de Wellington.
Los franceses, derrotados un año antes en la Batalla de los Arapiles (Salamanca) y obligados por el avance aliado a abandonar Madrid, habían iniciado su repliegue hacia Burgos, donde resistieron el asedio y forzaron la retirada de las tropas aliadas.
Galería fotógrafica del AVG
El envío de efectivos hacia la campaña de Rusia, donde Napoleón reclamaba cada vez mayor número de tropas, unido al desgaste y merma que de por sí iba suponiendo la propia guerra en la península ibérica, hizo que los franceses fuesen reuniendo sus tropas en la defensa del Camino Real que conducía a Francia.
Esto, unido a la cantidad de hombres que iba sumando el ejército de Wellington a su paso por las zonas recuperadas a los franceses, fue inclinando la balanza en cuanto a número de efectivos a favor de los aliados, provocando que el ejército imperial, con el mariscal Jourdan al mando, reagrupase sus efectivos en Burgos para cubrir la marcha de José Bonaparte, ya decidido a abandonar la piel de toro.
En la recreación hemos participado tanto grupos provenientes de diversas regiones de la península, como de otro lugares de Europa como Inglaterra, Alemania, Francia o Irlanda, hasta rebasar los 400 participantes.
El campamento se instaló en la localidad del Enclave de Treviño, La Puebla de Arganzón, administrativamente perteneciente a la provincia de Burgos, aunque alaveses de hecho, punto de inicio de la batalla real.
Foto: Andoni Gaztelua
También los actos del fin de semana comenzaron su desarrollo en dicha localidad y consistieron en un primer enfrentamiento en campo abierto en las inmediaciones del puente medieval , retrocediendo las tropas francesas ante el empuje aliado hacia el puente donde ofrecieron resistencia, hasta tener que ir cediendo terreno y acabar derrotadas en la plaza Mayor.
Foto: Ignacio Lizarraga
Posteriormente, comida de rancho en el campamento junto al río, un exquisito guiso de carne con patatas, una pequeña siesta y a continuar la guerra, esta vez en las campas de Armentia en Vitoria-Gasteiz, con la ermita de San Prudencio de testigo de excepción.
Excepcional entorno para la recreación, mucho público y bastante realismo en los participantes, intentando trasladar fielmente el ambiente de una batalla bicentenaria. Lo cierto es que impone el estruendo de los cañones y mosquetes, así como la cantidad de pertrechos con los que aquellos pobres soldados recorrían kilómetros y kilómetros para caer en su mayor parte en lugares inhóspitos y desconocidos. Recordemos que sólo en esta batalla las bajas entre fallecidos, heridos y desparecidos ascendieron a más de 13.000 soldados entre ambos bandos. Muchos de ellos están enterrados a lo largo y ancho de la Llanada alavesa, en lugares hoy todavía desconocidos.
Foto: Zarateman. Wikimedia Commons
Eventos como éste, además de para difundir la historia sirven para recordar los nombres de muchos de aquellos hombres que lucharon por un pedazo de pan. La mayoría de ellos eran reclutados en tabernas y depauperados barrios bajos de las grandes urbes, a cambio de algo que llevarse a la boca y una pequeña paga que muchas veces no cobraban y se iban acompañados de sus familias (mujeres e hijos), que les seguían, aguantando las mismas penurias y marchas que ellos. Si fallecían, cosa bastante probable, eran sustituidos por otros como ellos y las mujeres buscaban otro soldado a quien ayudar y aliviar y que a cambio se hiciese cargo de ellas y su prole.
Foto: José Manuel Molina
Hay muchos testimonios de soldados de la época, sobre todo británicos, que nos han llegado a través de Memorias. La editorial Reino de Redonda publicó un excelente relato en el año 2008, titulado "Recuerdos de este fusilero", de Benjamin Harris, donde nos narra sus andanzas enrolado en el 85 Regimiento de Fusileros del ejército británico, cuerpo experimental de fusileros, tropas de infantería ligera armadas con rifles Baker, en lugar de con los mosquetes Brown Bess. Estos rifles eran de ánima rayada y tenían mayor precisión en distancias largas, aunque la operación de atacar la bala era más lenta y trabajosa que en el mosquete. En cuanto al peso, eran similares, superior a los 4 kg. Su uniforme también difería del conocido rojo británico, y en este caso, era verde. En la recreación de Vitoria, hubo un grupo que lucía esta vestimenta.
Foto: José Manuel Molina
Benjamin Harris, que se dedicaba al pastoreo en su Inglaterra natal, fue reclutado por sorteo para el denominado Ejército de Reserva, que se había constituido para proveer de voluntarios a los regimientos de infantería de línea. Aunque existía la posibilidad de pagar a un sustituto para que ocupase su lugar, Harris no podía permitírselo. En su relato nos explica sus experiencias en el ejército, desde su enrolamiento hasta su licencia, y a pesar de las penurias, habla de esos años como los mejores de su vida, lo que nos lleva a pensar que las condiciones de vida de estas personas en la vida civil eran tan duras o más que en la militar, y su trabajo como zapatero en el Londres que conocemos a través de las novelas de Dickens no estaría tampoco exento de miserias.
En otro de los capítulos nos relata como tras una batalla, los soldados que sobrevivían revisaban las casacas y equipajes de los enemigos fallecidos en busca de dinero, cartuchos o comida.
Foto: José Manuel Molina
El ejército francés constituía una excepción. Desde la Revolución, se instauró el sistema de levas obligatorias, lo que luego conoceríamos como servicio militar, y los jóvenes eran reclutados obligatoriamente por edad. Por otra parte, en lugar de arrastrar ingentes comitivas de intendencia que ralentizaban la movilidad de los ejércitos, la Francia revolucionaria instauró la costumbre de abastecerse en las tierras por las que pasaban. Esto daba al ejército francés cierta profesionalidad y mayor movilidad, incrementada por el hecho de que al ser en gran parte muchachos jóvenes, no llevaban compañía.
Por contra, las mayores necesidades que fue teniendo Napoleón en sus numerosos frentes hizo que cada vez las levas fuesen de gente más joven e inexperta. Se calcula que más de 3 millones y medio de franceses pasaron por su ejército entre 1790 y 1810. En el mismo periodo de tiempo un ejército como el británico movilizó 750.000 hombres.
Galería fotográfica del AVG
Pero la movilidad no fue precisamente la virtud del ejército imperial en su retirada de la península. El volumen de carruajes y personal que componían el convoy que arrastraban desde Madrid era tal, que las calles y plazas de la entonces pequeña ciudad de Vitoria n lo podían albergar en su totalidad. Jourdan, consciente del problema ordena el desalojo inmediato, pero no hay tropas suficientes para escoltar las riquezas del convoy con garantías. Los divide en dos convoyes, el primero de ellos de 300 carruajes y el segundo de casi 4000 vehículos. Ambos abandonan Vitoria antes de la batalla. Aún y todo, quedarán en la ciudad unos 1500 carruajes más, que ocupan en longitud unos 25 km. y cerca de 9000 civiles, además de todos los correspondientes a la intendencia del ejército, que serían otros 1.500 vehículos.
Ya iniciada la batalla, cuando quieren huir de Vitoria, se encuentran con el paso por el Camino Real hacia Arlabán cortado por las tropas aliadas, lo que les obliga a salir hacia Pamplona. Siendo éste un camino no habilitado para circular con carruajes, unido a la persistente lluvia caída, provoca que el convoy se quede atrapado en los barros y lodos del camino.
Es precisamente este hecho el que paradójicamente librará al ejército imperial de una derrota definitiva, ya que la avaricia de los soldados aliados provocará que estos se afanen en saquear el convoy, olvidándose de combatir al enemigo, algunos de cuyos efectivos también pugnan por hacerse con parte del botín. La bronca posterior de Wellington a sus tropas será monumental.
El ambiente del final de la guerra fue magistralmente novelado en sus Episodios Nacionales por Benito Pérez Galdós en "El equipaje del rey José".
Volviendo a nuestra recreación, el domingo finalizaron los actos con un desfile de los participantes por las calles céntricas de Vitoria-Gazteiz, hasta llegar a la plaza de la Virgen Blanca, donde se rindió un homenaje a los soldados fallecidos de los distintos ejércitos que participaron.
Previamente, en La Puebla de Arganzón se descubrió una placa conmemorativa junto a la ermita de la Antigua y el antiguo hospital contiguo. En la fachada del antiguo edificio, soldados franceses dejaron la huella  de su paso con inscripciones hechas a punta de bayoneta, como esta águila imperial.
Ermita de la Antigua - La Puebla de Arganzón
La Batalla de Vitoria, aunque fue una derrota decisiva para el curso de la guerra, no supuso el final de ésta por un hecho conocido y que salvó al ejército imperial de su derrota definitiva. Todavía quedarían grandes batallas como Sorauren o San Marcial dentro del territorio peninsular hasta la derrota final ya en 2014 en Toulouse.
Dos meses después de la batalla vitoriana sería el saqueo y destrucción de San Sebastián por parte de los ejércitos británico y portugués. El 31 de agosto acudiremos a la convocatoria para recrear también dichos acontecimientos.

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