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ANTES Y DESPUÉS DEL CORONAVIRUS

En nuestros días hemos perdido la perspectiva de nuestro papel en la Tierra. Si durante siglos la religión nos mantuvo sumisos ante las catástrofes naturales y epidemias, el avance de las ciencias positivas y humanas durante los últimos siglos nos ha alejado, afortunadamente por otra parte, de explicaciones mediatizadas de los mismos. Ya no hay un Dios airado frente a los pecados de los hombres que envía su castigo en forma de enfermedades y epidemias.
Aunque sí que hay que reconocer que el desaforado desarrollo del capitalismo ha propiciado un nuevo antropocentrismo que nos ha alejado de la naturaleza en su avidez por un consumo desenfrenado de todo tipo de productos.
El nuevo Dios es el progreso y todo tiene un valor y es potencialmente fuente de negocio.
La mitología actual nos presenta a un ser humano alejado de la naturaleza y que no depende de ésta ni de sus limitaciones, que sólo afectan al resto de las especies.
Y no olvidemos que vivimos en una sociedad que se asienta sobre el hecho de que fuera de nuestro mundo occidental un alto porcentaje de la humanidad vive en la miseria más absoluta, insuficientemente  alimentados (821 millones de personas en 2018) con una alta tasa de mortalidad infantil  y sin acceso a los servicios básicos de agua y saneamiento (más de 2.000 millones de personas en 2018 según informe de la ONU)
En este contexto, el ser humano del mundo occidental se ha convertido en el centro del Universo y una pandemia como la actual del coronavirus nos deja fuera de juego.
Esperemos que nos sirva para reflexionar y cambiar muchos aspectos de nuestra forma de vida actual, no porque ésta nos haya traído la pandemia, sino porque nos ha alejado de ser conscientes de nuestro papel en la naturaleza. Vivimos en una burbuja que nos hace creernos inmortales y ajenos a todo aquello que a nuestro alrededor nos aleja del bienestar, preferimos taparnos los ojos y refugiarnos en nuestra individualidad.
La historia de nuestra civilización occidental, no obstante, también está plagada de epidemias, catástrofes y medidas para luchar contra ellas. Y el aislamiento de personas y mercancías ya fue utilizado de forma sistemática por los poderes públicos del Renacimiento para combatirlas, aunque ya anteriormente hay ejemplos de ello, como la considerada primera cuarentena (entonces fue treintena) de la que se tiene registro como tal.
Es la que se dictó en el puerto de Ragusa, en Dalmacia, hoy la croata Duvrodnik , en 1377 para luchar contra la expansión de la peste negra, el gran azote epidémico de la Edad Media. Todavía estaba reciente el saldo de la anterior gran expansión de la denominada "muerte negra" que entre 1348 y 1359 se había llevado por delante la vida de entre el 30% y el 60% de la población europea (más de 25 millones de personas).
En Navarra hay constancia de que este episodio epidémico acabó con la vida de gran parte de su población (en Cortes quedaron 340 vecinos de un total de 4.000 y Estella vio reducida su población de 6.500 a 2.400 vecinos)
La lepra fue otra de las lacras que asolaron la Edad Media y las leproserías donde eran confinados y aislados los afectados proliferaron por toda Europa (se calcula que a finales del siglo XII existían cerca de 20.000)
Pero no hay que remontarse tanto ni irse muy lejos para tener vestigios de otras pandemias. El cólera,  enfermedad que había desparecido a lo largo de los siglos XVI al XVIII, vuelve a a aparecer a finales de este último siglo en la India y se propaga por Europa con cuatro grandes epidemias durante el siglo XIX: 1830-33, 1853-56, 1865 y 1884.
La segunda es la más importante de ellas tanto por número de personas afectadas (236.000 contagiados en España en 6 meses) como por su duración.
Las providencias gubernamentales tuvieron significado de ofensiva contra la propagación de la enfermedad. En la primera de las epidemias, el gobierno español dicta órdenes de expulsión de los extranjeros y obliga a regresar a sus lugares de origen a los nativos. Se prohíbe, en las ciudades, la venta de frutas demasiado maduras y de pescado en barril, con lo que se pretende evitar la ingestión de alimentos en mal estado.
También se ordena a los habitantes, multándoles eventualmente, no criar aves en los patios de vecindad. Las puertas de acceso a las ciudades deben abrirse al amanecer y cerrarse a las ocho de la noche. Son autorizados los auxiliares de los médicos a cubrir sus puestos dadas las importantes fugas de los mismos. Y en el puerto de Barcelona se construye un local separado para carga y descarga de barcos de cabotaje, impidiéndose así su comunicación con los habitantes de los alrededores.
Los médicos y farmacéuticos fueron elogiados por haber luchado sin reposo, sin ayuda suficiente. Y se hace constar que la tarea más ingrata correspondió a los serenos, que debían transportar los cadáveres de los coléricos al cementerio en plena noche, con el único consejo de lavarse las manos.
Durante la epidemia de 1884, los médicos franceses dedican especial atención al cólera español y uno de ellos critica el sistema de cuarentenas establecido por su ineficacia. Cita un ejemplo:
A los trenes que llegan procedentes de una ciudad en la que acaba de estallar con violencia el cólera, se impone a los viajeros una cuarentena de 3 días, obligándoles a apearse y ser conducidos al interior de un campo a la sombra y rodeados de un cordón sanitario de guardias civiles o miqueletes permaneciendo en estado de observación 24 horas, al cabo de las cuales se les facilitan medios de acostarse y de comer hasta el final de la cuarentena ordenada; pues bien, los militares que mantienen el aislamiento de la gente no respetan siempre las órdenes que les han sido dadas y más de una comunicación tiene lugar entre los internados y los carceleros ocasionales, por lo que resultan insuficientes las precauciones del caso, que quitan su elevado valor profiláctico a las cuarentenas terrestres 
En definitiva nada nuevo bajo el sol.
Ya en el siglo XX, la epidemia más conocida es la mal denominada gripe española, que se propaga por la Europa en guerra de 1918, acabando con la vida de muchas más personas que la propia contienda mundial, estimándose en 50 millones de personas los fallecidos por la pandemia. Y a diferencia de ésta que nos asola sólo 100 años después, se cebó con los adultos jóvenes en mayor porcentaje que con las personas mayores con enfermedades crónicas.
Los primeros afectados lo fueron en los Estados Unidos y los cientos de miles de reclutas enviados a Europa para combatir en la Gran Guerra fueron los que la propagaron por el viejo continente.
Los periódicos recogían los estragos que provocaba la epidemia y valga de muestra esta pequeña reseña del ABC del 22 de noviembre de 1918, en crónica enviada desde Bilbao:
Comienza a decrecer la epidemia notándose que es menor la circulación de coches fúnebres por las calles de la población. Hoy han sido detenidos en diversos pueblos varios viajeros sospechosos de la enfermedad
O esta otra, una llamada de auxilio desde un pequeño y olvidado pueblo de Teruel, Urrea de Gaen, que envía el siguiente telegrama al ministro de la Gobernación:
Reunidos cuatro concejales, únicos libres hoy de la epidemia gripal reinante en esta localidad y visto aumenta la plaga en número de atacados y malignidad, hemos acordado dirigirnos a V.E., respetuosa y urgentemente, participándole que carecemos de alimentos propios para enfermos y niños y de material y personal de Sanidad para desinfección de viviendas y ropas. Familias enteras hay atacadas sin asistencia; más de media población invadida, predominando las formas pneumonía y tífica, con muchas defunciones, entre ellas niños de pecho por hambre, por no haber quien los lacte.
Y recordemos que sólo han pasado cien años y a pesar de todas las dificultades y carencias, los avances médicos y sociales nos están permitiendo sobrellevar la situación de manera que para sí hubiesen querido nuestros abuelos. El propio abuelo de Donald Trump murió a causa de la epidemia, aunque dada su egolatría seguramente no sea capaz de recordarlo.
Otra de las enfermedades contagiosas que provocaba estragos en la población en los últimos siglos era la tuberculosis, que si bien es una enfermedad muy antigua, no es hasta finales del siglo XIX cuando diversos factores unidos a la industrialización, la convirtieron en la más letal hasta bien entrado el siglo XX.
En nuestro entorno, la gran inmigración que se da en el País Vasco durante esos años explica que se convirtiese en la primera causa de mortalidad en Bizkaia y Gipuzkoa, con unas tasas de 8,27 y 3,06 por cada mil habitantes respectivamente.
Durante la Primera Guerra Mundial hubo otra epidemia menos conocida que la de la gripe española, que fue la de tifus de 1914, provocada por la contaminación de las fuentes de agua potable de las ciudades y que afectó de forma muy virulenta a la península, llevándose en Barcelona la vida de 2.000 personas o de casi 1000 vecinos en Vigo con una población mucho menor (45.000 habitantes entonces)
Y ya para finalizar y acercándonos todavía más, a nuestra villa de Tolosa, el último episodio local importante fue la contaminación por tifus de 1930, que afectó notablemente a nuestra población y provocó la clausura de la fuente Iturritxiki, recuperada de nuevo a finales del siglo XX con la remodelación de la Plaza de los Corazonistas.
Dentro de unos años recordaremos este episodio del Coronavirus como un hito en la historia epidémica mundial, pero entre otras muchas razones, porque nos ha afectado directamente a los intocables humanos que habitamos el mundo desarrollado. La inmunidad en la que creíamos vivir ha quedado en entredicho (ya lo estuvo durante la crisis financiera de 2008) y un mundo diferente emergerá tarde o temprano una vez superemos esta pandemia.
Los avisos son muchos y se suceden unos a otros; cambio climático, terrorismo islámico, violencia de género, crisis financiera, colapso de la sanidad, ...
El problema está en si tenemos unos dirigentes capacitados para liderar la revolución y el cambio de giro copernicano que precisa el mundo. Miremos hacia el lado que miremos la respuesta es clara, pero el pesimismo no puede invadirnos. Nos queda una sociedad civil con una juventud cada vez mejor preparada que no se dejará engañar fácilmente como en el pasado.

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